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Lucía Collado

Peligrosa

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Columna
El psiquiatra recomienda
Por Dr. Guerrero Heredia / El Caribe
Martes 8 de abril del 2008 actualizado a las 12:26 AM
 

 

 

 
Infierno blanco (1 de 2)

Desde finales de la década de los ‘70s, la juventud norteamericana sufre una transición social que conllevó también  a un cambio en los gustos y preferencias de la mayoría de los teenagers.
La famosa película  Saturday Night Fever, protagonizada por John Travolta, desvía el rumbo mercadológico a través de la música disco, dando preponderancia a la clase media baja italo-americana y a los grupos latinos emergentes por la nueva forma de vida de discotecas en las grandes urbes.

La negación histórica  a todo el movimiento hippie ante Vietnan y a su mundo psicodélico, da paso a una época postamericana donde lo psicodélico se convierte en psicoactivo y es en estos centros donde empieza el boom de la cocaína como sustancia de preferencia en una juventud que está cansada de “tripear” y filosofar; y lo que quiere es bailar y amanecer tomando en los centros de diversión.

La cocaína, el psicoactivo más abusado y peligroso que tenemos en el mercado; fácil de transportar, fácil de persuadir a alguien de usarla por su forma inhalatoria (nasal), no despide un olor como la marihuana… rápidamente se entroniza de manera fatal en la juventud y entre los adultos de los ‘80s.

También en esta década, una forma más barata y mortífera de los residuos de la cocaína se “cocina” en los barrios latinos del alto Manhattan, “el crack”.

Tanto el crack como la cocaína, son psicoestimulantes con el mismo mecanismo de acción a nivel cerebral y son grandes estimulantes del sistema dopaminérgico de recompensa del área mesolímbica. 
Su poder de “tolerancia” aumenta con el tiempo, o sea, la necesidad de aumentar las dosis para obtener el mismo efecto.  (Lo que el vulgo conoce como poder adictivo).

El crack, en mayor proporción, tiene un poder adictivo enorme y el fumador de crack (pipero), se mantiene buscando ese primer efecto (rush) de la primera dosis. 
Pero eso nunca llega, y las dosis aumentan en cantidad y frecuencia.  El mundo comienza a girar en torno a la sustancia y se convierte al individuo en un dependiente tanto físico, mental como económico.
Héctor Guerrero Heredia es psiquiatra
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