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Lucía Collado

El miedo al cuco

El miedo al cuco

Cuidado!, Con infundir miedo a un niño(a), porque tomando en cuenta que es una persona que no ha desarrollado su personalidad ni carácter y, que por su corta existencia no cuenta con experiencias y/o vivencias que le impriman cierto grado de madurez a su conducta como a sus actos; puede marcar negativamente su existencia para siempre.

 

En los primeros años de vida no contamos con las herramientas para defendernos de las posibles y reales incertidumbres emocionales a que se enfrenta el ser humano en su habitad (por seguro que sea), y en su interacción con las personas y cosas que le rodean.

 

Los niños su edad temprana carecen de las habilidades -y de toda malicia- por lo que son presa fácil de de temores y frustraciones.  Mentalmente no poseen la madurez para enfrentarlos y poder continuar adelante.  De manera que para su sana adaptación a las situaciones externas que amenazan la tranquilidad de todo ente en crecimiento, se requiere una guía adecuada y responsable.

 

Hay padres que sin proponérselo las más de las veces, ya sea por ignorancia, por irresponsabilidad o porque son el producto de una crianza cargada de elementos estresantes que sentaron una norma en la práctica de atemorizar para lograr cierta disciplina; van arraigando sentimientos de  temor, miedo, de terror, en lo profundo de la psiquis de sus hijos, como única vía -error total- de lograr el comportamiento deseado en los pequeños.

Es como vemos que les hacen temer a la oscuridad, a ciertos animales, al “cuco”, a los infelices que deambulan por las calles, etc.; como una forma “eficaz” de controlar a estas frágiles personitas.

 

Resultados:   a)  En principio, dependencia y “obediencia” de un infante retraído y temeroso, por supuesto!, incapaz de socializar y disfrutar adecuadamente de su vida en el seno del hogar, en la escuela y con sus compañeritos, de las actividades cotidianas; b) en el futuro adulto, un individuo cargado de traumas que conllevan desde fobias y ansiedad, hasta trastornos de la personalidad que causan daños mentales y emocionales irreversibles en ocasiones.

 

Es imprescindible pues, para los que somos padres, entender que ante ideas y situaciones que le plantean inseguridad y temor a nuestros hijos, es nuestra obligación ofrecerles el antídoto más eficaz:   Aclararles sus dudas con sinceridad pero sin tremendismos, con todo cariño y la seguridad de que jamás les faltará nuestra ayuda y protección.  

 

El miedo existe y hasta ahora no es posible de erradicar de ningún ser vivo, está en nuestros genes grabado como un código ancestral para mantenernos alerta, como recurso para nuestra supervivencia. 

La diferencia esencial está en que enseñemos a nuestros chiquitos que lo importante es aprender a controlar nuestros sentimientos de miedo y ponerlos a trabajar racionalmente a nuestro favor, sin dejar que la adrenalina nos inunde el organismo hasta descontrolarnos y no saber qué hacer para reaccionar y defendernos (cuando sea preciso) ante cualquier peligro que amenace realmente nuestra integridad física, emocional y mental.

 

Ocurre también que muchos de nuestros miedos son producto de una imaginación e inseguridad desbordadas, por lo que cabe aprender a distinguir cuando el miedo se justifica. 

Si no aprendemos de pequeños a temerle a la oscuridad, no sentiremos la necesidad de dormir con las luces encendidas… si no creemos en fantasmas, no los vamos a ver por los rincones ni nos van a perseguir en nuestros sueños. 

Si no escuchamos historias supersticiosas sobre el comportamiento de los gatos (criaturas que yo adoro), por ejemplo, no se nos ocurrirá pensar que son diabólicos y no los vamos a maltratar./ Lucía Collado, Junio 27 del 2008.-

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1 comentario

Leandro -

que bueno difundir esto y que muchos muchos padres puedan leer e internalizar que obtener obediencia de un niño a través del miedo educa en el camino de un hombre fragil
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